jueves, 16 de noviembre de 2017

campánulas


Desde que llegué a Morelos, hace ya casi 22 años, me han fascinado las flores azules que empiezan a brotar en el campo, a orillas de las carreteras o en algún estacionamiento en plena ciudad, cuando se acaban las lluvias.


"Campánulas" les decíamos Adrián y yo. Ahora sé, gracias al internet claro, que más bien pertenecen al género Ipomoea y no al Campanulaceae y que se les conoce popularmente de varias maneras: gloria de la mañana, manto de María, don Diego de día, campanilla, quiebra platos. Lo que ya sabía es que las hay moradas, rosas y blancas y que son parientes de los cazahuates.






Recuerdo que Adrián me prometió hace años pintármelas en un cuadro. No llegó a cumplir su promesa, pero yo cada año las fotografío y pienso un poco en él. Y me maravillo ante ellas como si fuera la primera vez que las veo.






En un cuadro quizá se podrían haber visto así:



















O asá:




miércoles, 8 de noviembre de 2017

**o*c*h*o***


Hace ocho años que salió al aire la primera entrada de este blog. Cuando se lo conté hoy a mis alumnos de la secundaria me dijeron que era, pues, un bloguiversario. ¡El octavo! Y vamos por más.

Lo celebro con ellos y con todas las personas que me leen, que me comentan, que se pasan por aquí, que vuelven o que no vuelven, que están presentes en silencio o con luces.

Y me/nos dejo por aquí un hermoso dibujo de Molly Hanh de sus Buddha Doodles, que me encontré (o me encontró) hoy en mi recorrido mañanero por el Facebook:




Ojalá que la palabras y las imágenes traigan espacios de felicidad, de reflexión, de gozo a muchos y a muchas,
como a mí.

lunes, 6 de noviembre de 2017

gloria de la mañana





Si tu práctica diaria es abrirte a todas tus emociones, a todas las personas con las que te encuentres, a todas las situaciones que se te presenten, sin cerrarte, confiando en que puedes hacerlo, eso te llevará hasta donde puedas ir. Y entonces entenderás todas las enseñanzas que cualquiera haya alguna vez enseñado.
Pema Chodron


Original en inglés, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Día de Muertos 3


Hoy mi altar, mínimo, es
para
las víctimas de los terremotos
las víctimas de las inundaciones y los huracanes
las víctimas de la pobreza
las víctimas de la impunidad
las víctimas de la violencia, los atentados (Barcelona, Somalia, Nueva York...), los asesinatos (tantos, en México, en el mundo)
las víctimas de la indiferencia (en el Mediterráneo, entre otros lugares)
las víctimas de la avaricia
las víctimas de la destrucción y las sequías
las víctimas de los prejuicios
las víctimas humanas y las víctimas no humanas







Con la aspiración de que encontremos el camino hacia la felicidad verdadera y la ausencia de sufrimiento en el planeta todo.
Antes de que sea demasiado tarde.

lunes, 30 de octubre de 2017

Invitado: Chogyam Trungpa Rinpoché


La humildad es el vehículo

La humildad es el vehículo que da cabida a las neurosis de los demás. Entonces, una vez incorporadas, sus neurosis se transforman. Así que es muy importante darnos cuenta de que la humildad, la gentileza y la autenticidad son absolutamente necesarias si nos interesa trabajar con otros. No hay otra manera, sino dar cabida a las neurosis del resto del mundo: invitarlas, procesarlas y transmutarlas para que el mundo pueda iluminarse de esa manera.




Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español e imagen, mías.

sábado, 28 de octubre de 2017

ahora recuerdo


ahora recuerdo

por qué fue
así
como fue

ahora recuerdo
por qué
me alejé
cuando me alejé

ahora recuerdo
cómo duele
seguir
esperando

y recuerdo
también
cómo no
necesito
           volver
                   ahí 

martes, 24 de octubre de 2017

Otoño 7


En Cuernavaca, el otoño es una explosión de flores amarillas, anaranjadas, rojas,  blancas, lilas, que crecen silvestres en los estacionamientos o en los terrenos baldíos a los lados de las calles, preparándose para recibir a los muertos, que vienen ya en camino:







y mi favorita, la más espectacular:
yo creía que solo crecía a orillas de la carretera
y me la encontré en plena Subida a Chalma


lunes, 23 de octubre de 2017

Reencuentro en 3 actos

y un epílogo

1

Llegué con más de 20 minutos de anticipación y me puse a hacer tiempo. Caminé una cuadra de ida. Luego de vuelta. Luego hasta la esquina de otra calle. Detrás de un árbol, vi la hora. Estaba nerviosísima. Hacía 5 años que nuestra relación había quedado suspendida, por iniciativa mía. Y ahora por iniciativa mía, nos tomaríamos un café.


2

Ya estaba ahí. Con su café. Esperando. Me acerqué. Le di un beso. Lo toleró. Casi inmóvil. "¿Ya tienes tu cafecito?". Pregunté lo obvio (¡y en diminutivo!), por decir algo. Me fui por mi café. De espaladas, me preguntaba tantas cosas.


3

Me senté enfrente. Y empezamos a hablar. Y seguimos hablando. Y hablando. Conectándonos como siempre. Como si retomáramos una conversación comenzada unos cuantos días antes. Y me relajé. Y se relajó. Y me preguntó si tenía tiempo para otro café. Y fui a la barra a pedirlos. Y ella se quedó cuidando las bolsas. Y seguimos hablando. La gente iba y venía. La luz cambiaba. Y hablábamos.


*
"Voy a ir levando anclas", dijo. "Yo también", respondí. Recogimos nuestras cosas. Nos enfilamos hacia la puerta. Salimos juntas. Ella había dejado su coche en el valet parking; yo, en la calle de al lado. Nos despedimos, con un beso y un abrazo, mutuos, y algún comentario de lo bien que lo habíamos pasado. "Estamos en contacto", dijimos.

Camino a casa, vi que habían transcurrido 3 horas y media de plática. Casi como antes. Volví con una mezcla de gusto y de nostalgia. Con incertidumbre de lo que vendrá.
Con un arrepentimiento, apenas formulado, por los 5 años perdidos...

domingo, 22 de octubre de 2017

De vuelta a "Nada"


(alguna vez me aterraba pensar en cómo los elementos
de mi vida aparecían y se disolvían para siempre apenas
empezaba a considerarlos como inmutables)
p.151

Yo leí la primera novela de Carmen Laforet, la que escribió a sus 23 años, la que se ganó la primera edición del Premio Nadal, a instancias de mi padre. (Mucho de mi camino en el universo de la lectura fue a instancias de mi padre y de él heredé inclinaciones y preferencias, como esta escritora o su tocaya, Carmen Martín Gaite.) No recuerdo la edad que tendría yo cuando leí Nada por primera vez. Menos de 23, seguro, y, quizás, ya habría salido de la prepa. De eso no estoy segura. (Aquí volví a ella en el blog hace más de seis años.)

Tampoco me acuerdo si la leí antes de ir a Barcelona por primera vez, a mis 17, o después. Lo más seguro es que para mi segunda visita a la ciudad condal, a mis 20, ya habría yo leído los ires y venires de Andrea en ese mismo sitio, durante los 12 meses de su vida que giraron, o estuvieron anclados, en el piso familiar de la Calle Aribau. Alguien alguna vez me mandó una foto de esa calle, recordándome que ahí había vivido Andrea. Y ese alguien, también, tomó prestado el nombre de la protagonista de Nada para bautizar a una suerte de alter ego mío.


Hacía bastante tiempo que tenía yo la inquietud de volver a leer Nada, de arriesgarme a revivir la experiencia más de 30 años después. Yo recordaba haber leído un ejemplar forrado de tela azul, de la Colección Áncora y Delfín, antes de que Ediciones Destino fuera tragada por alguno de los monstruos editoriales del momento. Cuando mi madre murió y mi hermano me mandó algunos de los libros de su casa, tuve la esperanza de encontrármelo, pero no fue así. El verano pasado, para mi sorpresa, fue mi hijo quien se encontró en la casa otro ejemplar de la novela, en la misma colección pero con pasta negra (quizá era el mismo y a mí la memoria me tiende trampas). Entonces pensé que sería una buena idea que mis alumnos de tercero de secundaria leyeran la novela y, así, yo tendría la ocasión perfecta para volver a ella.

Las chicas y los chicos de la escuela disfrutaron mucho hacer juegos de palabras con el título de la novela y, para mi sorpresa, también disfrutaron la lectura o por lo menos cumplieron con ella y se involucraron. (Mientras yo la releía, reencontrándome con una Barcelona bastante sombría, al tamiz de los ojos de Andrea, y conmigo misma cuando me sentí como Andrea, en busca de la libertad y atrapada en unas redes ajenas, me topé con aquellas escenas tan violentas en el piso de la Calle Aribau y me preocupó que la lectura fuera demasiado fuerte para unos quinceañeros.)

Y entonces llegó el día de la discusión de la novela. Una de las chicas declaró, con gran aplomo, que lo que contaba lo novela no le había gustado tanto como la manera en que estaba contado. (¡Guau! —pensé— Mira cómo se te han convertido en buenas lectoras...) Varios de sus compañeros estuvieron de acuerdo e hicieron comentarios interesantes sobre los ecos de la guerra en el piso de la calle de Aribau y la frustración de Andrea en su búsqueda de la felicidad y la libertad.

Todos estuvimos de acuerdo en que el cierre de su año en Barcelona y su partida hacia Madrid era una gran liberación. (Menos mal...) Y entonces yo les compartí lo que a mí se me había ocurrido al releer Nada: Que el tránsito de Andrea por la capital catalana podía entenderse como una especie de rito de iniciación, tras el cual la protagonista saldría liberada de las ataduras que no podría haber desecho desde afuera sino solamente atravesándolas. Y Madrid se le presentaba, entonces, como la fuente de luminosidad que no había encontrada en la ciudad de su familia materna.

Y ahora que escribo esto, pienso que ese tránsito del personaje de Carmen Laforet, se parece a mi propio tránsito (como escritora) mientras escribo mi novela y vuelvo, también, a la Barcelona de una historia vieja, para poder finalmente dejarla atrás...

¿Quién puede entender los mil hilos que unen las almas
de los hombres y el alcance de sus palabras?
p. 208

viernes, 13 de octubre de 2017

margarita 2


En Chimal, en casa de Ma. Eugenia
(si no me disgustaran los hashtags, quizá diría #nosabíaquemicámarasacarafotoscomoesta)

lunes, 9 de octubre de 2017

A tres semanas (casi)


Mañana se cumplirán tres semanas del terremoto aniversario del otro terremoto y yo no puedo acabar de aterrizar de vuelta. Quizás porque no hay vuelta. Porque el mundo es otro. Cambió. Como cambia a cada instante. Y escribir me alivia. Y así me empecé a aliviar, tres días después del "temblor" (me sorprende cómo los mexicanos les decimos así, "temblores", aunque sean terremotos), escribiéndole una crónica a una amiga en Barcelona. Hoy la transcribo aquí (con algunas variaciones), para seguir sanando:


Yo el martes 19 de septiembre estaba en casa. No había ido a trabajar a la escuela, pues tenía mucha gripa. Recién había terminado de hablar con una amiga en la Ciudad de México por el skype, cuando empezó a moverse mi departamento de una manera que no había sentido nunca y eso que llevo toda la vida viviendo en zona sísmica. Lo primero que vino a mi mente fue: "Esto se va a caer". Entonces corrí a la puerta, abrí la reja, cerrada con llave, y salí despavorida. Mis gatas se habían escondido y no podía sacarlas, pero pensé que si dejaba la puerta abierta y se salían, se perderían y entonces morirían. Me regresé a cerrar la puerta. Escuchaba cómo se caían cosas dentro. Llegué a la planta baja, donde había otros vecinos, preocupados, gritando, como idos. Algunos establecían contacto. Otros, no. Yo estaba en pijama, pero todo eso en ese momento no importaba.

Después de un rato, ayudé a una vecina a subir unas bolsas de súper antes de que fuera por su hija a la escuela. Entré a mi departamento por mi teléfono celular, vi el monitor de la computadora en el piso, cara abajo, pero funcionando. Apagué todo. Había muchas cosas rotas y hechas pedazos en el piso. Volví a salir. No tenía señal. Me fui hacia la caseta de guardias que resguardan los edificios para ver si tenían el teléfono en funciones y tratar de localizar a mi hijo en Ciudad de México. Nada. Me encontré con un vecino-amigo boliviano en el jardín, junto a una de las albercas, en pijama también y en shock. Lo abracé. Me puse a llorar. Me preguntó si íbamos por su hijo a la escuela. Tampoco podía localizar a su esposa, que estaba en el trabajo, en un edifico que resultó muy dañado. Le dije que por supuesto fuéramos por su hijo y luego por su esposa.

Resultó que ayudarlo a él, que le costaba trabajo tomar decisiones, me ayudó a mí. No sabíamos aún las dimensiones de lo ocurrido. Y yo seguía sin poder localizar a Santiago (tardé casi 8 horas en lograrlo). Tardamos un buen rato en el tráfico (había tramos donde el olor a gas era fortísimo), pero recogimos a la esposa de mi amiga, embarazada y muy asustada, pero bien. Volvimos a casa. Decidimos comer en el jardín, tipo pic-nic, juntamos la comida y empezamos a convivir y a apoyar a otros vecinos. A hablar. Yo temía volver a casa. Y aún no localizaba a Santiago. Y ya se acercaba la noche. 

Finalmente volví, prendí mi compu, me puse a barrer objetos rotos (muchos adornos habían perdido la cabeza, literalmente), a contestar mensajes, a hacer llamadas, a limpiar la arena de mis gatas, en un estado como partida en varios pedazos. Me acordé que tenía ropa en la lavadora desde hacía horas y que se iba a apestar. (Qué rara es la mente.) La colgué en el balcón. Finalmente, un amigo de mi hijo me habló para decirme que ya había hablado con él. Le hablé yo. Un alivio enorme. Y entonces empaqué una bolsa para irme a dormir a casa de mis amigos. (Me daba miedo dormir en casa sola.)

Al día siguiente me pasé casi el día entero con ellos. (Tienen un niño de 6 años, que se ha enamorado de mí y yo de él...). Pasé unos ratos en mi casa, con mis gatas, viendo mensajes. Comimos juntos. Luego fuimos al súper por víveres que llevamos a la Cruz Roja. Volvía a mi casa otro rato. Volví a la de ellos. Me puse a vomitar (creo que era más el susto guardado que otra cosa). El niño quiso ver una peli. Me quedé dormida y luego ya me fui a su cama (él se quedó con los papás). Esta mañana desayunamos algo juntos, los papás bastante pegados a sus celulares, con unas imágenes terribles de la tragedia y también de la solidaridad. Y ya me tocó volver a casa. Hablé con mi hijo, que llega al rato. (Las clases están suspendidas hasta nuevo aviso.) Yo me bañaré, comeré y me iré al consultorio a ver tres pacientes.


Y hasta ahí, el 21 de septiembre. Hoy ya es 9 de octubre. Y yo aún me mareo en casa y siento que vuelve a temblar varias veces al día. Y me siento resquebrajada por dentro (como mucha de la gente que me rodea). Al principio tenía la sensación de que la cotidianeidad se había roto y con ella muchas cosas, grandes y chicas. Ahora la cotidianeidad ha medio vuelto. Pero, claro, nunca volverá a ser la misma.

El sábado, después de un taller sobre teatro de participación, en el que me involucré con un grupo de personas para seguir trabajando en las comunidades afectadas por el "temblor" y ayudarnos a sanar, salimos a la calle y nos encontramos con que estaban demoliendo la barda de la casa al otro lado de la calle. Varios días había estado apuntalada para evitar que se derrumbara, pero ahora ya prácticamente había desaparecido. Se veía la casa desnuda al fondo, y al frente, las raíces de dos hules enormes se habían quedado sin tierra de donde agarrarse, pues sus raíces se habían entretejido con las piedras que formaran la barda.

Quizá esta sea una buena imagen de cómo varios nos sentimos por fuera y por dentro:



















domingo, 8 de octubre de 2017

Invitado: Dzogchen Ponlop Rinpoché


Cómo trabajar con la depresión


Depresión. Nunca había oído la palabra hasta que llegué aquí, a América. Mientras crecía en la India, nunca conocí a nadie allá que tuviera depresión. Pero viviendo aquí en los Estados Unidos, llegué a aprender más acerca de la depresión. Después de estar aquí durante un rato, la puedes sentir tu mismo también.
Desde mi perspectiva, cuando experimentamos estos estados mentales tan difíciles, es importante ver que, de hecho, estamos parados en una encrucijada. Es un momento crítico. Es como si hubiera una línea muy delgada ahí. Y si cruzas esa línea, podrías perderlo todo. 
Pero si tomamos esta oportunidad para trabajar con nuestra mente, podemos ver, antes que nada, que estamos en un punto donde no hay manera de ir más abajo. Solo puedes ir hacia arriba desde ese punto. Has tocado fondo y es una gran oportunidad en el sentido de que, si podemos trabajar con nuestra mente y movernos hacia arriba, entonces aun los estados mentales más difíciles no pueden de hecho, dañarnos. Podemos usar esa experiencia para desarrollar una mente fuerte y positiva. 

Uno de nuestros primeros problemas es que tendemos a hablar y pensar acerca de los estados mentales difíciles. 

Por ejemplo, decimos: “Estoy deprimido.” Cuando dices: “Estoy deprimido”, suena casi como si tú mismo fueras la depresión, lo cual, por supuesto, no es el caso. Tú no eres depresión. ¡Tú eres tú! Y estás teniendo un momento, una experiencia o un pensamiento de depresión. 
Pero si observas el pensamiento o la sensación de depresión y piensas: “Ah, estoy teniendo un pensamiento de depresión en este momento o “Estoy teniendo una sensación de depresión”, entonces la experiencia ya se torna más ligera, en lugar de que parezca ser continua, como si pudiera seguir para siempre. Si puedes ver la experiencia e identificarla como este momento solo de experiencia, entonces no tienes la sensación de estar atorado.

Trabajar con los estados mentales difíciles: Un ejercicio contemplativo 

Se han hecho muchos estudios que dicen que simplemente nombrar las emociones reduce su poder. Así que meramente identificar nuestros pensamientos y emociones negativos es una forma muy útil de liberar su energía.
Aquí hay una manera de trabajar con tu mente cuando está en un estado difícil, tal como enojo, depresión o ansiedad.

1. Comienza simplemente trayendo tu mente al momento presente. 

2. Observa tu experiencia tal como es en este momento, sin juicios, sin interpretaciones. 

3. Simplemente identifica esa experiencia: “Siento cómo está surgiendo el enojo ahora.”  “Estoy experimentando ansiedad.”  “Tengo un pensamiento de depresión.” 

4. Una vez que has identificado el pensamiento o la experiencia, chécate internamente. ¿Cómo te sientes? Nota tu estado mental en este momento. ¿Hay alguna diferencia?


Cuando identificas los pensamientos y las emociones perturbadoras a medida que surgen, puedes obtener algo de espacio y distancia con respecto a ellas y esto puede traer algún sentido de alivio. Cuando puedes verlo e identificarlo claramente, entonces aun si estás teniendo un momento de depresión, este puede volverse una experiencia mucho más ligera.
Al continuar practicando  esta manera de observar los estados mentales difíciles, puedes desarrollar bastante habilidad, mucha sabiduría para soltar y liberar esa sensación o experiencia de depresión. 
Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

jueves, 5 de octubre de 2017

Historia de una planta 2



Hace añísimos (Santiago era un bebé en ese entonces), Adrián y yo andábamos de paseo por Tepoz y alrededores  y nos llamó la atención un puesto de plantas sobre la carretera: solo cactáceas. Grandes, pequeñas, con flores, sin ellas, con espinas o sin espinas. Quizá hubiera también alguna suculenta. Decidimos comprar una, esa que parecía una piedra. Venía en un pequeña maceta de plástico café. La llevamos a casa y empezamos a cuidarla. Crecía muy despacio.

Cuando nos separamos, la "piedra" se vino conmigo. Y la seguí cuidando. Y siguió creciendo. Muy despacio. Cuando llegamos al departamento donde llevamos ya 12 años, la coloqué en el balcón y un buen día, sin querer, la empujé y cayó dos pisos. Bajé corriendo a recogerla. La maceta se había roto y la planta estaba herida pero completa.


Entonces la recogí con cuidado y la volví a subir. Desalojé una maceta que ya tenía solo yerbas y la trasplanté, disculpándome por mi descuido y deseando que sobreviviera. De eso, debe hacer uno o dos años. Seguí cuidándola, maravillada de que se repusiera de la caída. Al poco tiempo, noté que le salían unas pequeñas protuberancias peluditas al centro de las seis gajos que la componen. Pensé que podría estar a punto de florear, pero las protuberancias se quedaron así, sin mayor cambio. Hasta que hace unos días, después del terremoto del 19 de septiembre de este año, salí al balcón, a recoger ropa seca, quizá. Estaba de mal humor, o más bien con esta sensación de resquebrajamiento interno que nos ha quedado a muchos después del sismo. Entonces descubrí que la piedra tenía una preciosa flor, amarillo claro. Sorprendida y encantada, tomé la maceta entre mis manos y se la enseñé a Santiago, que estaba pasando en Cuernavaca unos días, esperando volver a clases en la Ciudad de México. "Mira", le dije entusiasmada, "floreó". Y le saqué unas cuantas fotos. En ese momento, mi malestar cesó dando paso a un espacio abierto.


Como esta planta, como tantos seres, la vida sigue a pesar de las resquebrajaduras o con todo y ellas. No desaparecen. Nos dejan marcados. Y aprendemos a seguir viendo de otro modo.
Nuevo.
Diferente.

Eso debe ser la tan mentada "resiliencia", la "capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos", como la define la RAE.

Menos mal que siempre hay alguien por ahí que nos lo recuerda cuando nos preguntamos cómo hacer para seguir, cuando incluso levantarnos de la cama parece, de pronto, una tarea inabarcable.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Víspera de San Miguel 3


Ayer iba hacia la universidad, donde se reanudaba mi taller de escritura de textos académicos, suspendido la semana pasada debido al terremoto. De camino, aún mareada de pronto o asustada o solo muy vulnerable, recordé que se acercaba San Miguel. ¿Dónde podría encontrar las cruces de pericón (esa flor amarilla, casi naranja, de olor muy penetrante, típica de esta época del año, junto con el maíz y las flores de calabaza)? Cada año pongo una en la puerta de mi casa y en el cofre de mi auto. Como protección. Porque justo hoy el chamuco anda suelto (aunque parece que ya lleva mucho más tiempo así). Es una costumbre heredada de mi abuela Rosa y es una invocación a los protectores. Las cruces se quedan un año (a menos que la del coche se caiga antes, lo cual a veces sucede y otras, no).

Y mientras subía, antes de la curva pronunciada que anuncia que el campus está cerca, vi una camioneta azul estacionada del lado derecho, con una cuerda enfrente de las ventanas, de la cual colgaban varias cruces. Dudé en pararme, pero tenía tiempo y encontré un lugar justito adelante. Me paré. Me bajé. Llegué al vehículo e inmediatamente apareció el dueño: Un joven, muy joven, seguido de un bebé de dos años más o menos.



—¿A cómo las cruces? ¿Tiene chiquitas para el coche?
—Las grandes a $15 (en realidad eran enormes, o sea, hechas con ramos gruesos de pericón) y las chicas (que en realidad eran grandes) a $10. Está escaso el pericón.
—Pues con todo lo que ha pasado (aunque realmente no sé qué relación hay entre lo que ha pasado y las flores; quizá el exceso de lluvia). Deme dos y un ramo de pericón. ¿A cómo el ramo?
—También a $10. Están recién cortados. ¿Quiere que le ponga la del coche?
—No, gracias; llevo prisa. (Pero en realidad no llevaba prisa.) Bueno sí. Voy a dar clase a la UAEM pero tengo tiempo.
—Yo estudiaba ahí. Ingeniería química. Pero lo dejé.
—No me diga. ¿Por qué?
—(Y señaló a su hijo.) Son dos. Hay que ver por ellos. No alcanza.
—Uy, qué lástima. Ojalá pueda volver.
—Esa es mi idea.



Entonces con todo cuidado, amarró la cruz del coche (mientras el niño se asomaba al motor) y se hizo cargo de la cruz del año pasado (ya casi por completo quemada, pero resistiendo). Nos estrechamos la mano y nos deseamos cosas buenas.


Así la víspera de San Miguel. Este año del temblor. Con más solidaridad.
Con más contacto. Más humanos.

















martes, 26 de septiembre de 2017

Invitado: Dalai Lama XIV


Hay algo gravemente faltante


Está claro que hay algo gravemente faltante en la manera en que nosotros los humanos estamos haciendo las cosas. ¿Pero qué es lo que nos hace falta? El problema fundamental, me parece, es que en cada nivel estamos prestando demasiada atención a los aspectos externos y materiales de la vida, mientras que descuidamos la ética moral y los valores internos.  Por valores internos me refiero a las cualidades que todos apreciamos en los demás y hacia las cuales todos tenemos un instinto natural, legado por nuestra naturaleza biológica como animales que sobreviven y florecen solo en un ambiente de cuidado, afecto y calidez emocional o, en una sola palabra, compasión. La esencia de la compasión es un deseo de aliviar el sufrimiento de los demás y promover su bienestar. Este es el principio espiritual del cual emergen todos los demás valores internos positivos.  

Original en inglés y fuente, aquí.
Traducción al español, mía.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Invitado: Mark Epstein


El trauma de estar vivos

HABLANDO con mi madre, de ochenta y ocho años de edad, cuatro años y medio después de la muerte de mi padre a causa de un tumor cerebral, me sorprendió escuchar cómo se cuestionaba a sí misma. Uno pensaría que, a estas alturas, ya lo habría superado,” dijo, refiriéndose al dolor de perder a mi padre, su marido durante casi sesenta años. “Ya han pasado más de cuatro años y yo sigo alterada.”

No estoy seguro si me hice psiquiatra porque a mi madre le gustaba hablarme de esta manera cuando yo era joven o si me habla de esta manera ahora porque me hice psiquiatra, pero me dio gusto tener esta conversación con ella. Es necesario hablar de la pena surgida de la pérdida. Cuando se soporta de forma demasiado privada, tiende a corroer su propio apoyo. 

“El trauma nunca desaparece por completo,” le respondí. “Cambia quizás, se suaviza un poco con el tiempo, pero nunca desaparece por completo. ¿Qué te hace pensar que deberías haberlo superado completamente? No creo que funcione de esa manera.” Hubo un sentido palpable de alivio a medida que mi madre contempló mi opinión.

“¿No tengo que sentirme culpable por no haberlo superado?”, preguntó. “Me tomó diez años después de que muriera mi primer esposo,” recordó de pronto, pensando en su novio de la universidad, en su muerte repentina debida a una condición cardiaca cuando ella tenía veintitantos años, unos cuantos antes de conocer a mi padre. 

Nunca supe del primer marido de mi madre hasta un día en que estaba jugando Scrabble, cuando tenía diez u once años, y abrí su gastada copia del Webster’s Dictionary para buscar una palabra. Ahí, en la parte interior de la portada, estaba su nombre, manuscrito por ella en tinta negra. Solo que no era su nombre actual (y no era su nombre de soltera). Era otro nombre extraño: no Sherrie Epstein, sino Sherrie Steinbach: una versión alternativa de mi madre, al mismo tiempo enteramente familiar (en su caligrafía particular) y completamente ajena. 

 “¿Qué es esto?” recuerdo que le pregunté, mientras sostenía el descolorido diccionario azul, y la historia se desgranó atropelladamente.  A partir de entonces, rara vez se habló de ello, por lo menos hasta que mi padre murió medio siglo después, momento en el cual mi madre empezó a traerla a colación, esta vez por voluntad propia. No estoy seguro de que el trauma de la muerte de su primer marido hubiera llegado a desaparecer por completo; parecía estar surgiendo otra vez en el contexto de la muerte de mi padre.

El trauma no es solo el resultado de los desastres mayores. No les sucede solo a algunas personas. Un trasfondo de trauma corre a través de la vida cotidiana, atravesada, tal como está, por la conmoción de la impermanencia. Me gusta decir que, si no estamos sufriendo de un trastorno de estrés postraumático, estamos sufriendo de un trastorno de estrés pretraumático. No hay manera de estar vivos sin estar conscientes del potencial para el desastre.  De un modo u otro, la muerte (y sus primos: la vejez, la enfermedad, los accidentes, la separación y la pérdida) pende sobre todos nosotros. Nadie es inmune. Nuestro mundo es inestable e impredecible y opera, en gran medida y a pesar del increíble progreso científico, fuera de nuestra capacidad para controlarlo.

Mi respuesta a mi madre —que el trauma nunca desaparece del todo— apunta a algo que he aprendido a lo largo de mis años como psiquiatra. Al resistirnos al trauma y defendernos para evitar sentir su impacto pleno, nos privamos de su verdad. Como terapeuta, puedo testificar sobre cuán difícil puede ser reconocer la propia angustia y admitir la propia vulnerabilidad. La reacción instintiva de mi madre,  “¿No debería ya haber superado esto a estas alturas?”, es muy común.  Hay una premura por lo normal en muchos de nosotros que nos impide el acceso no solo a la profundidad de nuestro propio sufrimiento, sino también, en consecuencia, al sufrimiento de los demás.

Cuando golpean los desastres, podemos tener una respuesta empática inmediata, pero por debajo solemos estar condicionados a creer que lo “ normal es donde todos deberíamos estar. A las víctimas de los bombardeos en el Maratón de Boston les tomará años recuperarse. Los soldados que regresan de la guerra llevan sus experiencias de los campos de batalla en su interior. ¿Podemos nosotros, como comunidad, mantener a estas personas en nuestros corazones durante años? ¿O seguiremos adelante, esperando que ellos sigan adelante, de la manera en que el padre de uno de mis amigos esperaba que su hijo de cuatro años —mi amigo— siguiera adelante después de que su madre se suicidó, diciéndole una mañana que ella había desaparecido y nunca mencionándola de nuevo? 

EN 1969, después de trabajar con pacientes en etapa terminal, la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross sacó el trauma de la muerte fuera del clóset con la publicación de su revolucionario trabajo, Sobre la muerte y el morir. Ella delineó un modelo del duelo en cinco etapas: negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Su trabajo fue radical en esa época. Convirtió la muerte en un tema normal de conversación, pero tuvo el efecto inadvertido de hacer a la gente sentir, como le sucedió a mi madre, que el duelo es algo que hay que hacer correctamente.

El duelo, sin embargo, no tiene cronograma. La pena no es igual para todo el mundo. Y no siempre desaparece. Lo más cercano a un consenso sobre el tema entre los terapeutas de hoy es la convicción de que la manera más sana de lidiar con el trauma es aceptarlo, en lugar de tratar de mantenerlo a raya. El apremio reflexivo hacia lo normal es contraproducente. En el intento por encajar, por ser normal, la persona traumatizada (y eso nos incluye a la mayoría) se siente alienada. 

Mientras que estamos acostumbrados a pensar en el trauma como el resultado inevitable de un cataclismo mayor, la vida diaria está llena de traumas pequeños. Las cosas se rompen. La gente lastima nuestros sentimientos. Las garrapatas portan la enfermedad de Lyme. Las mascotas se mueren. Los amigos se enferman e incluso se mueren. 

“Están disparándole a nuestro regimiento ahora", dijo un amigo de sesenta años el otro día mientras hacía un recuento de las diversas enfermedades de sus allegados. “Somos los que venimos subiendo por la colina.” Tenía razón, pero los sustentos traumáticos de la vida no son específicos para ninguna generación. El primer día de clases y el primer día en un centro de vida asistida son notablemente similares.  La separación y la pérdida nos tocan a todos. 

Me sorprendió cuando mi madre mencionó que le había tomado diez años recuperarse de la muerte de su primer esposo. Yo habría tenido seis o siete años, pensé para mí, para cuando ella empezó a sentirse mejor. Mi padre, aunque fue un médico compasivo, no había querido lidiar con ese aspecto de la historia de mi madre. Cuando ella se casó con él, le dio las fotografías de su boda anterior a una hermana para que se las guardara. Yo nunca supe de ellas ni pensé en preguntar por ellas, pero tras la muerte de mi padre, mi madre de pronto se abrió mucho respecto a este periodo escondido de su vida, que se había quedado a la espera, sin que nadie lo abordara más que esporádicamente, durante sesenta años.

Mi madre se estaba sometiendo a la misma presión al lidiar con la muerte de mi padre como lo había hecho cuando murió su primer marido. El trauma temprano estaba condicionando el más tardío, y las dificultades solo se estaban intensificando. Me dio gusto ser psiquiatra y me sentí agradecido de mis inclinaciones budistas cuando hablé con ella. Le podía ofrecer algo más allá de los embaucos del apremio hacia lo normal. 

La disposición para enfrentar los traumas —ya sean grandes, pequeños, primitivos o frescos— es la clave para curarse de ellos. Quizá nunca desaparezcan de la forma en que pensamos que deberían, pero quizá no necesitamos que lo hagan. El trauma es un aspecto de la vida que no se puede arrancar. Somos humanos como resultado de ello, no a pesar de ello. 


Mark Epstein es psiquiatra y autor —más recientemente— del libro de próxima aparición, The Trauma of Everyday Life (El trauma de la vida cotidiana).

Original en inglés, aquí.
Traducción al español, mía.

viernes, 22 de septiembre de 2017

mi tía Marisa (2)


Hoy, en la madrugada, recién iniciado el día, murió mi tía Marisa (aquí una semblanza que hice de ella hace cinco años).

Hoy aprovecho este espacio para mandarle todo mi cariño y mi aspiración de que su tránsito sea fluido y suave, como me cuenta mi prima Carmela que fue su muerte.


Y la recuerdo aquí, en su casa, en su rancho querido, caminando del brazo de mi hijo y platicando mucho mucho, como siempre hacía, en el verano del 2010:

























domingo, 10 de septiembre de 2017

dos soledades


dos soledades
solas
en plena oscuridad

dos miradas
se cruzan

un instante se reconocen
un saludo, aun

una añoranza, quizá
el velo de un miedo añejo

de nuevo se cruzan 
distantes

en plena oscuridad
solas
dos soledades